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Título de la obra:
"La conjura de los necios" (1980)
Autor: John Kennedy Toole
Había leído en el periódico de la mañana que un club artístico de señoras iba a colgar sus lienzos en el Callejón del Pirata. Pensando que los cuadros serían lo suficientemente afrentosos para interesarle un rato, metió el carro por las losas del callejón, dispuesto a examinar la variedad de obras de arte que colgaban de los pinchos de hierro de la valla trasera de la catedral.
[…]
Ignatius avanzó hacia la valla, abandonando la causa perdida que era el carro, y examinó los cuadros al óleo y al pastel y las acuarelas que colgaban allí. Aunque el estilo de cada uno variaba en tosquedad, los temas eran relativamente similares: camelias flotando en cuencos de agua, azaleas torturadas en ambiciosas disposiciones florales, magnolias como molinos de viento blancos. Ignatius, furioso, examinó los cuadros un rato, sin decir nada, solo, pues las señoras habían retrocedido apartándose de la valla, y habían formado como un pequeño agrupamiento protector. El carro había quedado también abandonado sobre las losas, a unos metros del miembro más reciente del gremio artístico.
– ¡Oh, Dios! -gritó Ignatius después de haber peregrinado arriba y abajo por la valla-. ¿Cómo se atreven a presentar estos abortos al público?
– Siga su camino, señor, tenga la bondad -dijo una señora audaz.
– Las magnolias no son así -dijo Ignatius, dando una estocada con el sable [de plástico] a una ofensiva magnolia al pastel-. Ustedes, señoras, necesitan un curso de botánica, y puede que también de geometría.
– Usted no tiene por qué mirar nuestras obras -dijo una voz irritada del grupo, la voz de la dama que había dibujado la magnolia en cuestión.
– ¡Por supuesto que sí! -gritó Ignatius-. Ustedes, señoras, necesitan un crítico con cierto gusto y con cierta decencia. ¡Dios santo! ¿Quién de ustedes hizo esta camelia? Díganme. El agua de este cuenco parece aceite de automóvil.
– Déjenos en paz -dijo una voz aguda.
- Ustedes, señoras, harían mejor dejando de dar tés y meriendas y dedicándose a aprender a dibujar -atronó Ignatius-. En primer lugar, tienen que aprender a manejar el pincel. Yo propondría que se reuniesen todas y que pintasen una casa para empezar.
– Váyase usted.
– Si les hubieran encargado a “artistas” como ustedes la decoración de la Capilla Sixtina, habría acabado pareciendo una estación de tren de lo más vulgar -masculló Ignatius.
– No estamos dispuestas a dejarnos insultar por un vendedor sin educación -dijo altaneramente una portavoz de la banda de los grandes sombreros.
– ¡Comprendo! -gritó Ignatius-. Ya veo que son ustedes las que calumnian a los vendedores de salchichas.
– Está loco.
– Qué hombre tan ordinario.
– Qué grosero.
– No le demos pie.
– No le queremos aquí -dijo la portavoz, con acritud y sencillez.
– ¡Es natural! -rezongó Ignatius-. Es evidente que temen a alguien con un cierto contacto con la realidad, que puede describirles verazmente los ultrajes que han hecho en esos lienzos.
– Váyase, por favor.
– Lo haré, sí -Ignatius cogió el asa de su carro y se alejó con él-. Deberían estar todas ustedes de rodillas pidiendo perdón por lo que he visto aquí, en esa valla.
– No hay duda de que esta ciudad es cada día peor, con esto por las calles -dijo una mujer, mientras Ignatius se alejaba por el callejón.
Título de la obra:
"La conjura de los necios" (1980)
Autor: John Kennedy Toole
Y luego enarboló su bolígrafo Levy Pants y empezó a escribir en la primera hoja de flamante papel:
Querido lector:
“Los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores”, Platón.
Descubro, estimado lector, que he ido habituándome al agitado ritmo de la vida oficinesca, adaptación de la que no me creía capaz. No hay duda, desde luego, de que en mi breve carrera en Levy Pants Limitada he logrado introducir varias innovaciones prácticas y eficientes. Los lectores que sean también trabajadores administrativos y estén leyendo este penetrante diario en el descanso del café, o en otra circunstancia similar, deberían tomar buena nota de una o dos de mis innovaciones. Dirijo también estos comentarios a los funcionarios y a los ricachos en general.
He dado en llegar a la oficina una hora más tarde de lo que allí se me espera. En consecuencia, me encuentro muchísimo más reposado y fresco cuando llego, y evito esa primera hora lúgubre de la jornada en la que los sentidos y el cuerpo entorpecidos aún por el sueño convierten cualquier tarea en una penitencia. Considero que, al llegar más tarde, mejora notablemente la calidad del trabajo que realizo.
De momento, debo mantener en secreto la innovación que he introducido en relación con el sistema de archivado, pues es revolucionaria, y he de comprobar los resultados antes de revelarla. En teoría, la innovación es magnífica. Sin embargo, he de decir que esos papeles viejos y amarillentos que se guardan en los archivos constituyen un peligroso riesgo de incendio. Un aspecto más especial, que quizá no tenga aplicación en todos los casos, es que mis archivos son, al parecer, domicilio de insectos y animales diversos. La peste bubónica es algo que resultaba natural en el Medioevo. Pero creo que contraerla en este espantoso siglo resultaría ridículo tan sólo.
Título de la obra:
"La conjura de los necios" (1980)
Autor: John Kennedy Toole
«Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto», escribía Ignatius en una hoja de sus cuadernos Gran Jefe.
«Tras el periodo en el que el mundo occidental había gozado de orden, tranquilidad, unidad y unicidad con su Dios Verdadero y su Trinidad, aparecieron vientos de cambio que presagiaban malos tiempos. Un mal viento no trae nada bueno. Los años luminosos de Abelardo, Thomas Beckett y Everyman se convirtieron en escoria; la rueda de la Fortuna había atropellado a la Humanidad, aplastándole la clavícula, destrozándole el cráneo, retorciéndole el torso, taladrándole la pelvis, afligiendo su alma. Y la Humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio.»
-Esto es magnífico -se dijo Ignatius, y prosiguió escribiendo apresuradamente.
«Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio "La Ilustración". El día de la plaga estaba próximo; pero de las cenizas de la humanidad no surgió ningún fénix. El campesino humilde y piadoso, Pedro Labrador, se fue a la ciudad a vender a sus hijos a los señores del Nuevo Sistema para empresa que podemos calificar, en el mejor de los casos, de dudosas. (ver Reilly, Ignatius J. Sangre en sus manos: El gran crimen, un estudio de ciertos abusos que se cometieron en la Europa del siglo XVI, monografía, dos páginas, 1950, sección de libros raros, pasillo izquierdo, tercer piso, Biblioteca en Memoria de Howard Tilton, Universidad de Tulane, Nueva Orleans 18, Louisiana.) (Nota: Envié esta monografía singular a la Biblioteca como un regalo. Sin embargo, no estoy totalmente seguro de que la hayan aceptado. Muy bien pudieron tirarla a la papelera, porque estaba escrita a lápiz en una hoja de cuaderno.) El giroscopio se había ampliado. La Gran Cadena del Sur se había roto como si fuera una serie de clips unidos por algún pobre imbécil; el nuevo destino de Pedro Labrador sería muerte, destrucción, anarquía, progreso, ambición y autosuperación. Iba a ser un destino malévolo: ahora se enfrentaba a la perversión de tener que IR A TRABAJAR.»
Ignatius, desvanecida momentáneamente su visión de la historia, garabateó un nudo corredizo abajo de la página. Dibujó luego un revólver y una cajita sobre la que escribió pulcramente CÁMARA DE GAS. Raspó de lado con el lapicero sobre el papel y tituló el resultado APOCALIPSIS.
Título de la obra:
"La metamorfosis" (1916)
Autor: Franz Kafka
Muy pronto hubo de convencerse [Gregorio] de que le era en absoluto imposible moverse. Esto no le asombró: antes al contrario, no le parecía natural haber podido avanzar, cual lo hacía hasta entonces, con aquellas patitas tan delgadas. Por lo demás, sentíase relativamente a gusto. Cierto es que todo el cuerpo le dolía; pero le parecía como si estos dolores se fuesen debilitando más y más, y pensaba que, por último, acabarían. Apenas si notaba ya la manzana podrida que tenía [incrustada] en la espalda, y la inflamación, revestida de blanco por el polvo. Pensaba con emoción y cariño en los suyos. Hallábase, a ser posible, aún más firmemente convencido que su hermana de que tenía que desaparecer.
Y en tal estado de apacible meditación e insensibilidad, permaneció hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vivir aquel comienzo del alba que despuntaba detrás de los cristales. Luego, a pesar suyo, su cabeza hundióse por completo y su hocico despidió débilmente su postrer aliento.
Título de la obra:
"La metamorfosis" (1916)
Autor: Franz Kafka
Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
– ¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en una boa también de pieles y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (sentíase repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.
– Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? -Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.